viernes, 5 de marzo de 2021

La casa gaditana


El conjunto urbano del Cádiz antiguo se caracteriza por determinados aspectos que lo hacen interesante y peculiar, como son su simetría, sus calles rectas y bien ordenadas y la altura uniforme de sus viviendas, siguiendo los cánones racionalistas, configurando un urbanismo propio de su gran época de esplendor comercial, el siglo XVIII. Un paseo por el casco histórico gaditano nos permite comprobar esta realidad, como un patrimonio que se ha conservado bastante bien, pese a algunas actuaciones urbanísticas desgraciadas llevadas a cabo a lo largo del siglo XX que lo han dañado, como el derribo de parte de sus murallas o la construcción de edificios altos.

Desde mediados del siglo XVIII, ante la necesidad de la ciudad de crecer en altura por la escasez de suelo urbanizable, que ya por entonces empezaba a ser un problema, las autoridades locales, aconsejadas por algunos médicos, querían limitar dicha altura para que las calles y plazas quedasen bien iluminadas y aireadas, al considerar poco beneficioso para la salud edificios demasiado altos que impidiesen el paso de la luz del sol y la circulación de los vientos. La altura de las casas quedaría fijada, pues, en dicisiete varas (unos catorce metros), distribuídas en tres o cuatro plantas, quedando así establecido en las Ordenanzas municipales de 1792, considerando que esto contrubuía a la propia estética de la ciudad. Todo proyecto de obra nueva debía pasar los controles municipales, cuyos planos y alzados eran revisados y aprobados, en su caso, por el alarife o arquitecto mayor de la ciudad.

La casa gaditana, propia de la burguesía mercantil, responde a un prototipo que le da un carácter propio, con elementos que se van repitiendo a lo largo de la ciudad. Algunas de ellas son de mayor suntuosidad y riqueza decorativa, destacando las monumentales portadas de sus fachadas, residencia de los llamados Cargadores a Indias, ricos comerciantes con las colonias de ultramar, cuyas casas-palacio podemos admirar hoy día, como la Casa del Almirante, la Casa Lasquety o la Casa de las Cadenas (en la foto). Las distintas habitaciones y dependencias se organizan en torno a un gran patio central que permite iluminar el interior, con cubierta o montera de cristal, en muchos casos, que lo protegen de la lluvia. Un pozo o brocal que recogía el agua de lluvia que se almacenaba en un aljibe, en una época en que no había agua corriente, y columnas de mármol dan un toque artístico al patio, donde desemboca la escalera de mármol que une los distintos pisos. Cierros y ventanales cierran tales pisos asomando al patio, elemento que se añadirá en el siglo XIX.

En la planta baja se encontraban los almacenes, pudiendo albergar también las caballerizas. En el entresuelo, de techos bajos, se ubicaban las oficinas o escritorio del burgués, donde llevaba el control de sus negocios, pudiendo también albergar la biblioteca y, en algunos casos, algún museo particular de pintura. En el segundo piso o planta principal era donde vivía el señor y su familia, la zona noble de la casa, decorada con muebles de caoba, vajilla de cristal, espejos, arañas, cortinas, cuyos altos techos le daban suntuosidad. La tercera planta estaba destinada a residencia de la servidumbre y a cocina. La casa se completaba con las azoteas, encaladas y bien cuidadas, donde estaban los lavaderos y donde se alzaba el elemento más característico de la arquitectura gaditana, las torres-miradores, desde donde el señor podia ver y controlar los barcos que iban o venían de las Indias con sus mercancías y desde las cuales se observa una amplia y bella panorámica de la bahía.

Torres-miradores de Cádiz
Al exterior, son característicos los sillares de piedra ostionera con que están construídas las fachadas de las casas, así como los cierros de los balcones, que, al igual que en el interior de la vivienda, son añadidos posteriores, dando carácter y vistosidad a las calles gaditanas, destacando las portadas de algunas de las casas-palacio de los siglos XVII, XVIII y XIX, como ya he mencionado. A lo largo del siglo XX muchas de estas casas quedaron convertidas en casas de vecinos.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Plaza de San Antonio. Destaca la torre-mirador


 
Patio gaditano

domingo, 10 de enero de 2021

El Templo de Hércules



Reconstrucción ideal del Templo de Melkart
El Templo de Melkart, más conocido como Templo de Herakles o de Hércules, en su denominación griega y romana respectivamente, y también Heracleion Gaditano, fue uno de los santuarios más importantes de la Antigüedad, cuya fama se extendía por todo el mundo entonces conocido, citado por numerosos historiadores y escritores clásicos. Estos autores remontaban sus orígenes a tiempos de la guerra de Troya, en el siglo XII a. de C., coincidiendo con la fundación por los fenicios de la propia ciudad de Gadir en cuya isla se asentaba (según estas fuentes hacia el año 1.104 a. de C.), cronología que, por el momento, no ha podido ser corroborada por la arqueología, que data los orígenes de la ciudad en el s. IX a. de C. El geógrafo griego Estrabón en su Geografía (siglo I a. de C.) refiere que los fenicios fundadores de Gadeira (Gadir en lengua griega), procedentes de Tiro, alzaron el santuario en la parte oriental de la isla y la ciudad en la parte occidental. De manera que el templo estaría situado en lo que hoy es el islote de Sancti-Petri, frente a la playa y poblado de su mismo nombre, en la localidad gaditana de Chiclana de la Frontrera, que en tiempos antiguos estaba unido a Gadir, constituyendo una isla alargada llamada Kotinoussa.
Islote de Sancti-Petri desde la playa de La Barrosa
Melkart era el dios de la ciudad de Tiro, dios de la agricultura y protector del comercio y de la navegación, posteriormente asimilado a Herakles o Hércules. Este héroe mitológico griego, mítico fundador de Cádiz, a donde había acudido para ejecutar uno de sus famosos doce trabajos,  a saber matar al gigante Gerión y robar sus toros rojos, estaba enterrado en el templo gaditano, según el historiador romano Pomponio Mela, causa de su fama en el mundo antiguo.
Estos doce trabajos de Hércules, según Silio Itálico (s. I a.C.), estaban esculpidos en letras de bronce en la fachada principal del santuario, la cual se hallaba flanqueada por dos grandes columnas, ante las que los navegantes realizaban sus sacrificios. El santuario estaría compuesto de varias edificaciones y un patio central. Sin imagen del dios titular del templo, en su interior ardía un fuego perpetuo custodiado por sacerdotes, que eran los únicos que podían entrar en el templo, teniendo las mujeres prohibida su entrada. Distintos altares representaban escenas de la vida de Hércules. Según el historiador griego Polibio (s. II a.C.) en el templo había dos pozos cuyo régimen de aguas era inverso al de las mareas, bajando en la pleamar y subiendo en la bajamar.
El templo de Melkart fue visitado por algunos de los personajes más ilustres de la Antigüedad, como Amílcar Barca, donde, según la leyenda, juró odio eterno a Roma; su hijo Aníbal, que lo visitó antes de emprender la conquista de Italia, y Julio César, el cual, según el historiador romano Suetonio, lloró ante la estatua de Alejandro Magno que había en su interior al no haber alcanzado a la edad de éste sus grandes triunfos, y en donde tuvo un sueño premonitorio sobre su posterior domino del Imperio.
Castillo de Sancti-Petri

Algún autor ha sugerido, incluso, la posibilidad de que las dos columnas que flanqueban la entrada principal del templo fuesen, en realidad, las famosas Columnas de Hércules que tradicionalmente se ha situado en el Estrecho de Gibraltar, identificadas concretamente con los montes Calpe (Peñón de Gibraltar) y Abyla (Ceuta).

El culto en este importante lugar sagrado de la Antigüedad se mantuvo de manera ininterrumpida hasta época romana, durante unos mil años, coincidiendo su decadencia y desaparición con la propia del Imperio, siendo, finalmente, abandonado y quedando a merced de los temporables, de la acción del mar, del ataque de piratas y del tiempo, llegándose a usar sus restos como cantera para nuevas construcciones en épocas posteriores. En el lugar que ocupara el templo o en sus inmediaciones se levantó durante la Edad Media un castillo reconstruido posteriormente, datando la fortificación actual de los siglos XVII y XVIII, la cual defendía el acceso al caño de su mismo nombre.

Melkart (Museo de Cádiz)
El santuario quedó consagrado a San Pedro, tras su paso por el lugar del apóstol Santiago, erradicando el culto pagano, de ahí el nombre de Sancti-Petri con que desde entonces se le conoce.

En la zona se han hallado importantes restos arqueológicos pertenecientes al templo que se conservan en el Museo Arqueológico de Cádiz, como dos estatuas romanas representando a un emperador romano en mármol y bronce (toracato), y diversas estatuillas de bronce fenicias y romanas representando a Melkart y a Hércules.

El compositor gaditano Manuel de Falla, que visitó Sancti-Petri, se inspiró en este lugar para componer La Atlántida, obra que la muerte le impidió concluir.

Cádiz en la Antigüedad. El punto inferior corresponde al Templo de Hércules

Julio César ante la estatua de Alejandro, lienzo del pintor vejeriego José Morillo (1853-1920)

domingo, 1 de noviembre de 2020

Los 500 caballeros de Gades

Senadores romanos
Uno de los períodos de más esplendor de Cádiz tuvo lugar bajo la dominación romana. Ciudad próspera y rica, la Gades romana fue una de las ciudades más importantes no solo de Hispania, sino de todo el Mediterráneo Occidental. Era una urbe dedicada fundamentalmente al comercio, cuyo puerto controlaba buena parte del tráfico mercantil de la Bética. Junto a ello, la industria pesquera alcanzó un gran desarrollo, con la existencia de factorías de salazón donde se obtenía el garum, famosa salsa de pescado muy apreciada por los romanos. 

Esta prosperidad se manifiestaba en su urbanismmo, estando dotada de los grandes edificios públicos característicos de Roma, destacando en este sentido el papel desempeñado por Lucio Cornelio Balbo el Menor (s. I a.C.), miembro destacado de la nobleza gaditana y autoridad local, que amplió la antigua ciudad fenicia de Gadir, construyendo una ciudad nueva frente a ella, con teatro, anfiteatro, termas, templos y un acueducto que traía el agua desde los manantiales de la sierra gaditana. Su tío, Lucio Cornelio Balbo el Mayor, fue amigo personal de Pompeyo, Julio César y Augusto, ocupando diversas magistraturas y llegando a ser cónsul, siendo el primer no itálico en conseguirlo, obteniendo para los gaditanos la ciudadanía romana. Los Balbo eran una familia aristocrática gaditana de origen fenicio que había logrado amasar una gran fortuna gracias a la actividad comercial y a los negocios.

Lucio Cornelio Balbo el Menor, benefactor de Gades
Un faro de estructura escalonada y un templo dedicado al dios fenicio Melkart o Hércules, famoso en la Antigüedad. situado en el otro extremo de la isla Kotinoussa, junto con una torre coronada por una monumental escultura de este mismo personaje, completaban el paisaje urbano de la urbe gaditana, que, además, era punto de partida y de llegada de la Via Augusta, la principal vía de comunicación de Hispania que la recorría de norte a sur. Y de Gades eran las famosas puellae gaditanae, bailarinas gaditanas que tanto gustaban en Roma. 

Gades era, pues, una ciudad populosa que contaba con una población de más de quinientos équites o caballeros, lo que da idea de su importancia en el mundo romano, como recoge el geógrafo griego Estrabón, (s. I d. C.) en su Geografía: “En población, sin embargo, parece que Gades no se queda corta frente a otras ciudades excepto Roma. De hecho, he oído que en uno de los censos hechos en nuestra época [scil., Augusto-Tiberio] se contaban en ella quinientos miembros del orde ecuestre, un número que no igualan ni siquiera las ciudades de Italia, si exceptuamos Patavium (= Padua)”.  (Geogr. 3, 5, 3). 

Teatro romano de Gades

 

sábado, 5 de septiembre de 2020

Cádiz y el Descubrimiento de América

La relación  de Cádiz con América ha sido siempre muy intensa. Durante el siglo XVIII, la capital gaditana monopolizaría el comercio con las colonias americanas, a raíz del traslado de la Casa de Contratación y Consulado de Indias de Sevilla a Cádiz en 1717. Además del intenso tráfico comercial entre el puerto de Cádiz y Ultramar, se produjo un profundo intercambio cultural entre ambas orillas del Atlántico. Así, en el arte flamenco, con los llamados cantes de ida y vuelta (colombianas, milongas, guajiras...), y en el Carnaval, donde la ciudad debe tanto a los aires y ritmos hispanoamericanos. Relación que adquirió gran relevancia durante las Cortes de Cádiz, en donde fue tan destacado el papel de los diputados americanos. Pero dicha relación tendría su origen con el Descubrimiento de América a finales del siglo XV, pues del puerto gaditano saldría Colón en su segundo y cuarto viajes.
El 12 de octubre de 1492 Cristóbal Colón desembarcaba en la isla de Guanahaní, bautizada como San Salvador, en el mar Caribe, al mando de La Pinta, La Niña y La Santa María, las tres carabelas que habían zarpado del puerto onubense de Palos de la Frontera dos meses antes, el 3 de agosto, en lo que constituía el viaje inaugural de los cuatro que el marino genovés realizaría a las nuevas tierras al servicio de los Reyes Católicos, en busca de una nueva ruta hacia el lejano Oriente, ignorando que había descubierto un nuevo continente.
Tras Palos, Cádiz, Sanlúcar de Barrameda y El Puerto de Santa María se convertirían en los puertos protagonistas de la gran aventura transoceánica del Descubrimiento de América, de donde saldrían y a donde llegarían las siguientes expediciones que conquistarían y colonizarían el Nuevo Mundo, convirtiendo a esta parte de Andalucía en centro neurálgico del comercio mundial con el recién descubierto continente. Recordemos, en este sentido, que el pasado año tuvo lugar en Sanlúcar la celebración del quinto centenario de la primera vuelta al mundo, protagonizada por Fernando de Magallanes y Juan Sebastíán Elcano, puerto donde se iniciaría y finalizaría.
Tras esta primera travesía, Cristóbal Colón organizaría un segundo viaje a América, eligiendo a Cádiz como puerto de salida, hecho que tendría lugar el 25 de septiembre de 1493, siendo de los cuatro viajes el de más envergadura, pues en él participarían hasta diecisiete navíos y unos mil quinientos hombres, entre ellos descubridores como Alonso de Ojeda y Juan Ponce de León, el dominico fray Bartolomé de las Casas y el cartógrafo Juan de la Cosa, autor del mapamundi más antiguo conservado en el que aparece el continente americano. Además de la tripulación, iban funcionarios, religiosos, artesanos, agricultores y gentes de otros oficios con idea de colonizar las nuevas tierras. Tras recalar en Gran Canaria, la expedición llegaría cuarenta días después de su salida a la isla La Deseada, en las Antillas Menores, descubriendo, entre otras islas antillanas, Jamaica y Puerto Rico y colonizando La Española. Partiendo de la Isabela, primera ciudad fundada por los españoles en el Nuevo Mundo en esta última isla el 10 de marzo de 1496, llegaría a Cádiz tres meses después, el 11 de junio.
El 30 de mayo de 1498 zarpaba nuevamente Colón con seis barcos, en este ocasión del puerto de Sanlúcar, en un nuevo viaje a América, llegando a la isla de la Trinidad dos meses después, recorriendo la desembocadura del río Orinoco y la costa venezolana. De regreso a España, arribaba a Cádiz el 25 de noviembre de 1500.
El 9 de mayo de 1502 el almirante genovés volvía a zarpar del puerto gaditano en su cuarta y última singladura al nuevo continente con cuatro barcos y 150 hombres, cuyos preparativos tuvieron lugar, al igual que en el anterior viaje, en el Puerto de Santa María, recorriendo la isla Martinica, la costa hondureña, el istmo de Panamá, Jamaica y la Española, regresando a Cádiz el 12 de septiembre.
Existe, pues, una importante vinculación entre Cristóbal Colón y Cádiz, de donde partió en dos de sus viajes al Nuevo Mundo, como hemos visto. Actualmente, hay en la ciudad una calle dedicada al marino genovés y una lápida conmemorativa situada en la fachada de la iglesia de San Juan de Dios, junto al Ayuntamiento, recuerda este hecho histórico.

sábado, 25 de julio de 2020

La Cueva del Pájaro Azul

La Cueva del Pájaro Azul, en el gaditano barrio de San Juan.
En fechas recientes fue noticia La Cueva del Pájaro Azul, emblemático lugar del arte flamenco en el Cádiz de los años sesenta y setenta del pasado siglo, por el descubrimiento en su subsuelo de restos del antiguo puerto fenicio de Gádir, tras la ejecución de labores de restauración de dicho local que el Ayuntamiento pretende poner de nuevo en valor tras años de cierre y abandono.
La Cueva del Pájaro Azul fue un proyecto de un bodegero y hostelero gaditano llamado Manuel Fedriani Consejero, que regentaba una bodega en el barrio de San Juan, el cual había adquirido una finca frente a su negocio para almacenar barriles, botellas y otros elementos propios de su oficio. Mientras se preparaba dicho almacén, se descubrió de manera casual una gran espacio subterráneo compuesto por arcos, bóvedas y muros de los siglos XVI y XVIII, que se creyó podría tratarse de alguna cueva, un pasadizo secreto, de los muchos que hay ocultos en Cádiz, o un gran aljibe. El recinto recién descubierto tenía varias estancias o habitaciones que el empresario gaditano quiso aprovechar para, una vez acondicionado, convertirlo en una taberna flamenca. Así, nacía la Cueva del Pájaro Azul, inaugurada en el año 1960 y que sería un lugar de referencia del cante y del baile flamenco gaditano, un lugar típico por donde pasarían los mejores artistas de la época: la Perla de Cádiz, Lola Flores, Manuel Soto Sordera, María Vargas, Canalejas de Puerto Real, Antonio el Bailarín, Antonio Mairena y un joven Camarón de la Isla, entre otras grandes figuras del flamenco, además de personalidades del mundo de la cultura como Camilo José Cela, José María Pemán o el premio nóbel de literatura francés Jean Cocteu.
Muro del puerto fenicio de Gadir
Según la leyenda, la cueva habría sido en su origen la guarida de un bandolero o contrabandista gaditano de principios del siglo XIX, apodado El Pájaro Azul, de ahí el nombre del local, así llamado por su rapidez y habilidad para el contrabando en los mares de Cádiz, escondiendo en ella el fruto de sus negocios ilegales, leyenda daba por cierta por algún historiador local.
En cuanto a los restos arqueologicos hallados, consisten en un muro y otras estructuras portuarias de la Gadir fenicia situadas en la isla de Kotinoussa, una de las dos de las que componían Cádiz en la Antigüedad. El muro, compuesto por cuatro hileras de sillares, tiene una altura de 1,80 metros y una longitud de 5,60 metros, que los arqueólogos consideran como uno de los cantiles del puerto fenicio, de los siglos IV y III a. de C., ubicado en una de las orillas del Canal Bahía-Caleta, que dividía el Cádiz antiguo en dos islas, del que ya hablé en un artículo anterior, que fue colmatándose con el tiempo hasta desaparecer bajo el casco histórico de la ciudad. En las obras también aparecieron restos romanos y medievales. Esperemos que, finalizado el proyecto, podamos disfrutar del flamenco en una restaurada Cueva del Pájaro Azul y, bajo suis tablaos, de los restos del antiguo puerto fenicio.
Galerías subterráneas de La Cueva del Pájaro Azul
Imagen de la taberna flamenca en los años sesenta